Una alcaldesa o alcalde, la estupidez no tiene género ni número, prohíbe el nudismo en las playas de su término municipal. El sentido común de los aficionados a la cosa excluye su práctica de las zonas urbanas, pero no importa, garanticemos la seguridad y la integridad física de las familias, -argumento incomprensible y pintoresco-, y que se redacte una norma municipal excluyente, discriminatoria e ilegal. ¡Que jodan, se gasten los cuartos y demanden!
Otra Corporación Municipal con su alcalde o alcaldesa a la cabeza regla que los perros no podrán subir en las ascensores. ¿Y a quién le importa?. Pues nada, los munícipes legislan para más joder a invidentes necesitados de guía, amantes de mascotas o ancianos en particular.
Un último Ayuntamiento quiere preservar el buen gusto y la decencia, - para eso hicimos una guerra-, y prohibir el uso del bañador en el casco urbano. Al cuarto de hora los expertos inevitables de los medios informativos: sociólogos, jurisconsultos y comunicadores, concluyen que este inevitable retorno a la moral, la ética y estética del caudillo invicto se fundamenta en el afán recaudatorio crónico y desmedido de los Ayuntamientos.
Uno se queda perplejo. Enrique Tierno, el viejo cínico, decía que los Ayuntamientos están para que salga agua por los grifos. Han descubierto que, tambien, pueden velar por la salvación de nuestras almas. Llega una alcaldesa o alcalde talibán, el género y el número nada importan para constituirse en un imbecil fundamentalista, y regla sobre la moral y las confesiones, llega otro y regla sobre aspectos individuales que no perjudican a nada o nadie. A la vista de estas conductas, yo hubiera llamado a un psiquiatra clínico experto en conductas mesiánicas y delirios paranoides? Creánme, tienen cura si se tratan a tiempo.
Otra Corporación Municipal con su alcalde o alcaldesa a la cabeza regla que los perros no podrán subir en las ascensores. ¿Y a quién le importa?. Pues nada, los munícipes legislan para más joder a invidentes necesitados de guía, amantes de mascotas o ancianos en particular.
Un último Ayuntamiento quiere preservar el buen gusto y la decencia, - para eso hicimos una guerra-, y prohibir el uso del bañador en el casco urbano. Al cuarto de hora los expertos inevitables de los medios informativos: sociólogos, jurisconsultos y comunicadores, concluyen que este inevitable retorno a la moral, la ética y estética del caudillo invicto se fundamenta en el afán recaudatorio crónico y desmedido de los Ayuntamientos.
Uno se queda perplejo. Enrique Tierno, el viejo cínico, decía que los Ayuntamientos están para que salga agua por los grifos. Han descubierto que, tambien, pueden velar por la salvación de nuestras almas. Llega una alcaldesa o alcalde talibán, el género y el número nada importan para constituirse en un imbecil fundamentalista, y regla sobre la moral y las confesiones, llega otro y regla sobre aspectos individuales que no perjudican a nada o nadie. A la vista de estas conductas, yo hubiera llamado a un psiquiatra clínico experto en conductas mesiánicas y delirios paranoides? Creánme, tienen cura si se tratan a tiempo.
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